7 de diciembre de 2010

Mi Historia con Carmen

Bueno, como ya he comentado, he pensado en hacer un poco de introspección de mi misma, y de mi familia. Voy a contaros lo que sé y lo que recuerdo, desde mis ojos de niña, de toda mi corta existencia. Para empezar esta serie de sin duda emotivas entradas, no puedo empezar si no con una de las personas más importantes para mí: mi bisabuela Carmen.

Mi madre tenía sólo 17 años cuando se quedó embarazada de mi, y no tuvo tanto miedo en contárselo a su madre o a su padre como el que tuvo de contárselo a su abuela Carmen, la madre de su madre, Tere. Carmen era el máximo exponente de la familia, la viva imagen del carácter y la humildad que nos define. Como buena andaluza, era una mujer dura, fría y correcta, de mucho carácter, sin duda indomable, y efectivamente no se tomó nada bien la noticia del embarazo de su nieta adolescente, así que montó en cólera, regañó a mi madre y le dijo algo desagradable del estilo “eres una vergüenza” o algo así, y no volvió a dirigirle la palabra en los nueve siguientes meses, hasta que llegué yo.

Por aquella época, el 1991, a mi bisabuela le habían diagnosticado un cáncer de útero/ovarios terminal, y no le daban más de un año o dos. Aquello supuso un golpe para todos, pues era un pilar fundamental en la familia. No obstante, creo, y sólo creo, que algo cambió en ella con mi llegada. Tengo muchísimos recuerdos de mi bisabuela Carmen. Y hago un especial esfuerzo en llamarla “bisabuela”, pues para mí siempre fue y será “la abuela Carmen”, pero no quiero liaros. Recuerdo que le gustaba llevarme de paseo, me llevaba al suvenir que una prima suya tenía en Magaluf, me compraba una bolsita de patatillas o de chuches y me llevaba a pasear por toda la orilla de la playa, desde Magasol hasta Palma Nova. Recuerdo que muchas veces me quedaba con ella a dormir, y me sorprendía el hecho de que no durmiera en la misma habitación que su marido, mi bisabuelo Juan, claro que entonces era muy pequeña y muchas cosas escapaban a mis tiernos ojos inocentes. Ahora sé y comprendo, que el orgullo de mi bisabuela era tal, que no consentía muestra alguna de lástima o caridad, no le gustaba que se apenaran por ella, ni que la vieran como una persona vulnerable. Ahora puedo decir, que si no compartía habitación con su marido, era por vergüenza de mostrarse ante él sin la peluca que ocultaba los estragos de la quimioterapia. Aún así, ante mí no tenía ese pudor, muchas veces me llevaba a dormir con ella. En su habitación había dos camas iguales separadas por una mesita de noche, y aun que yo tardé años en conseguir dormir sola, aquel era el único lugar en el que dormía a gusto en una cama sólo para mí.

Recuerdo tantísimas cosas de ella, que me sería imposible contároslas todas. Creo que es imposible describir el amor que se siente hacia una persona así. Creo y siento que esa mujer me quiso con todas sus ganas. Creo, y me han dado a entender algunos parientes, que mi bisabuela fue una luchadora nata, y que yo de algún modo le di fuerzas para acallar las bocas de los médicos. Mi bisabuela no tenía más de un año de esperanza, dos como mucho, de vida, pero aguantó 6 años más. Murió poco después de nacer mi hermana Arianne. Uno de los últimos recuerdos que tengo de ella no lo he compartido con casi nadie, y creo que, de mi familia, el único que podía saberlo era mi bisabuelo Juan, y dado que no era muy comunicativo, creo que él se lo llevó consigo al otro lado. Este recuerdo para mí es especial, resume muy bien lo que mi bisabuela y yo sentíamos la una por la otra, resume en algo sencillo un sentimiento más grande que el mundo entero, así que espero que entendáis lo duro que es para mí escribir estas líneas, y abrir tanto mis recuerdos y mi corazón a todos vosotros.

Era por la tarde, y yo estaba en su cuarto pintando un dibujo en una mesita pequeña y redonda que tenía, y me entró hambre. Se lo dije y me dijo que qué quería merendar, un cola cao, unas tostadas, lo que fuera. Yo quería arroz con leche, y ni corta ni perezosa se levantó y se fue a la cocina a hacerlo. Allí estaba mi bisabuelo Juan viendo una minúscula tele en blanco y negro, de esas que la antena era más grande que el televisor, y se enfadó mucho al verla dispuesta a cocinar. Le dijo que volviera a la cama, y aquello no le gustó nada a Carmen, discutieron y, como siempre, ganó ella: se puso a la faena y pasado un buen rato me dio un bol de arroz con leche aún calentito. Estaba delicioso, creo que aún hoy no he probado uno tan bueno como el que hacía ella. El caso es que un detalle se me pasó por alto: ella estaba muy enferma, había empeorado mucho y le habían mandado reposo absoluto y tranquilidad. Creo que esa fue la última semana de su vida.

Recuerdo aquellos momentos, que para mi fueron confusos, con mucha claridad. Yo no caía en la cuenta de lo que estaba pasando, pues ella solía ausentarse por temporadas cuando la ingresaban en el hospital. Recuerdo que un día ella no estaba, pero vino toda la familia, como si hubiera comida familiar. Pero ella no estaba, eso era raro. Había un ambiente raro. Faltaba algo, eso sí lo notaba. Entonces miré a los ojos a la persona que me sujetaba la mano en el portal del edificio dónde mis bisabuelos tenían el piso, dónde aún hoy vive mi tío abuelo Juan, y dónde tenemos el bar La Cantina. Miré a los ojos de Tere, mi abuela, y estaba llorando. Ver a Tere llorar no era raro, llora con facilidad con ver una película, pero la tristeza que percibí en ese momento, ahora no me deja dudas. Ése fue el día que murió mi bisabuela. Los siguientes recuerdos son más espaciosos. Creo que durante días viví en una nube. No recuerdo si llegaron a decirme que había muerto, o si lo intuí, el caso es que no lo asimilé, pero sentía el dolor. Otro día, creo que era otro día, volvieron todos a la casa y después de hablar, abrazarse todos y consolarse, entraron en su habitación. Me pareció mal, entrar sin ser invitados, pero lo peor, lo que me cabreó de verdad fue que tocaran sus cosas. Abrieron los armarios, los cajones, cogieron la ropa, las joyas, los zapatos… me cabreé por dentro como sólo yo sabía hacerlo, y pensé que cuando ella volviera les caería la bronca del siglo por meter sus narices en sus cosas. Luego alguien, mi tía-abuela Antonia creo, se me acercó y me dijo que podía coger lo que quisiera para quedármelo. Escogí un bote de colonia. Mi bisabuela era muy austera, y compraba a lo grande, y a lo barato, y tenía varios botes de la colonia que siempre usaba en el armario, así que me quede con uno porque su olor me recordaba a ella. Aún guardo este frasco grande de agua bendita, y de vez en cuando lo abro y recuerdo el olor que antes siempre me acompañaba.

El último de estos recuerdos ya fue en Granada, fuimos todos sus hijos y yo al cortijo dónde mi abuela y sus hermanos nacieron, y debajo de un olivo arrojaron una parte de sus cenizas, tal y cómo ella había hecho prometer, además de vestir de blanco y no guardarle luto. Lo consiguieron a medias, recuerdo una escena muy parecida a la del portal, todos de pie, cabizbajos y en silencio. Creo que se despidieron de ella de corazón, y que por eso fue duro para ellos y no dijeron ni una palabra, al menos ninguna que yo recuerde. Yo, por mi parte, apretaba la mano de mi abuela Tere y le pedía por favor que no llorara. Yo nunca me despedí de ella, y no necesito hacerlo, porque para mí ella está presente todos los días de mi vida.

Mi bisabuela Carmen fue un ejemplo a seguir en todo lo que hizo en su vida, fue una madre responsable, una esposa fiel y respetuosa, una buena abuela, y para mí fue todo lo que pude desear. Mis primeros años de vida fueron una maravilla gracias a ella, y reconozco que nunca me he sentido tan querida por nadie como por esa mujer. Yo era su tesoro, le entretenía y le hacía olvidar, porque para mí ella era tan necesaria como el respirar, y mi dependencia de ella le ayudó a aguantar una enfermedad cruel y larga. A mí, en cambio, me ha ayudado mucho, gracias a ella soy una persona exigente, buena y respetuosa. Las cosas que ella me enseñó no hubiera podido aprenderlas mejor de nadie más. Y lo que me duele es que se fuera tan pronto, porque de cuatro que somos, ella sólo llegó a ver a una de mis hermanas, y me hubiera gustado que mis tres tesoros pudieran recordar a esa mujer que me enseñó a quererlas y protegerlas con toda mi alma y mis fuerzas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Han pasado más de diez años y aún recuerdo perfectamente ese día en el que nos dejó la abuela Carmen. Cada uno de los que estábamos allí nos llevamos un pedacito de ella con nosotros.

Sin duda, una gran dedicatoria para una gran persona que siempre nos acompañará!

Cris

Tammy Suárez dijo...

Muchas gracias por tu comentario y por leer el texto. Sin duda esa gran mujer dejó marcada no sólo a toda la família, si no a todas las personas que tuvieron el placer de conocerla.

Un besito Cris :)